De todas las definiciones que ofrecen los diccionarios de la palabra de origen griego táctica, la que más me llama la atención es la siguiente: arte que enseña a poner en orden las cosas.
¿Se toca poco o mucho en nuestro béisbol?
Si es así —y no lo dudo—, entonces hay que poner en orden algunos métodos empleados en nuestra Serie Nacional, aspirando a la perfección de cara a los cada vez más abundantes eventos de carácter internacional, con la mira puesta en los de mayor nivel, léase la Copa del Mundo del presente año en Taipei de China, los Juegos Olímpicos de Beijing’2008 y el Segundo Clásico Mundial 2009, para el cual los organizadores ya están repartiendo las invitaciones a los ocho primeros lugares del anterior. La mayor novedad táctica de la pasada Serie Nacional fue la puesta en práctica del reglamento de los 100 lanzamientos. Obligados a determinar desde antes del inicio de la contienda una adecuada distribución y diferenciación de lanzadores (atrás quedaron los tiempos de la utilización de un pitcher más allá de los 125 envíos, en ocasiones 150 en los play off), nuestros cuerpos de dirección crecieron un poco en cuanto a visión general del juego, luego de cierta incomprensión inicial.
El robo de bases, un arte casi olvidado en todo el mundo.
A esto le siguió, durante la postemporada, una enconada polémica en torno al toque de bola. ¿Se toca poco o mucho en nuestro béisbol? Si nos comparamos con la pelota de las Grandes Ligas, tocamos bastante pues mientras en la 46 Serie el promedio fue de 1,36 por juego, en este momento, transcurridos más de 50 partidos para cada uno de los 30 conjuntos de la llamada Gran Carpa, el promedio por choque es de 0,56, con equipos como los Marineros de Seattle con ¡un toque! en sus primeros 35 desafíos. Pero, además, tocar en demasía puede resultar contraproducente. Cienfuegos fue el equipo que en mayor número de ocasiones tocó la bola, 81 en total, pero solo marcó 357 carreras. Santiago de Cuba fue el reverso de la medalla: solo 31 toques y líder en anotadas, 560. A todas luces, regalar casi un out por juego no resulta una buena táctica, especialmente cuando se hace en los primeros innings —como hemos visto todos en reiteradas ocasiones—, cuando aún queda mucha tela por donde cortar en el partido. El cuándo es aquí más importante que el cuánto. Vale la pena mencionar a Villa Clara, un conjunto que promedió solo 255 —último, empatado con Matanzas—, ganador de la medalla de bronce, con 53 bases robadas y 59 sacrificios de jit, un balance estratégico que lo llevó a marcar 410 carreras, por encima de selecciones más bateadoras como Ciego, Camagüey y el Habana. Y ya que me referí a bases robadas —otro importante elemento táctico—, el promedio en la 46 Serie fue de 0,91 por juego, lo cual no es malo, considerando que, en general, este es un arte virtualmente olvidado en el béisbol mundial. Pero no podemos pensar que estamos bien, pues nuestros jugadores son veloces y tienen potencial suficiente para ganar más bases extras. Nuestra ofensiva no puede descansar solamente en el poder.
EL QUE ESPERA... NO BATEA
Tres bolas sin strike. El cuarto bate las tiene todas a su favor. El próximo envío es el clásico "merengue" por el mismo centro del plato. Pero no hay swing y, por supuesto, el árbitro levanta el brazo. Un foul sobre un lanzamiento difícil y en un santiamén un turno al bate muy prometedor ya está comprometido. ¿Cuántas veces habremos presenciado esta película en la pelota cubana? Nuestros bateadores, la mayoría, esperan mucho, demasiado, olvidando una máxima del mitológico Hank Aaron: los buenos bateadores, mientras tienen el conteo a su favor, pueden escoger un buen lanzamiento. Cuando lo tienen en su contra, hay que tirarle a lo que venga. Siempre fui buen bateador con el conteo a mi favor. Falta, a mi modo de ver, mayor concentración en home para poder discriminar mejor cada lanzamiento. Falta el imprescindible estudio del lanzador cuando se está en el banco o en el círculo de espera. Falta, en fin, disciplina táctica.